Para tí

Estoy condenada al silencio, ése que sólo venzo cuando estás cerca. Luego te marchas y él vuelve a regir mis horas de tedio sin ti, sin tus alas enormes que me transportan en mitad de la noche. He tratado de explicar a mi madre esa verdad y me ha dicho que estoy loca de remate por enamorarme de un muchacho de veintiún años que no sabe lo que quiere. Yo le respondo que mi vida es mía y otras razones con las que defiendo nuestro derecho a amarnos a pesar de los años que nos separan en el tiempo.
Mi madre no comprende, por eso no le cuento que desde ese viernes que te llevé a lo más alto de mi ciudad y pudiste ver, con los ojos encendidos su valle y su bahía, supe que ibas a ser para mí mucho más que una historia hermosa. Y es que me has devuelto a la vida. Ni a ti te he contado que la felicidad me ha vuelto intranquila, que confundo las calles cuando camino sola y no diferencio nunca que día de la semana es. Solo reconozco aquellos días en los que vienes y enciendo las luces de mi alma, preparo las condiciones para nuestro ritual: desaparezco mis tristezas y las coloco cuidadosamente en el mismo sitio donde guardo mis espíritus, lavo las sábanas sobre las cuales jugaremos más tarde a morir y resucitar. Compro vino y, a veces, alguna vela que devolverá nuestras imágenes en la pared, como sombras de una gastada linterna china.
No había logrado saber por qué todos los recuerdos que guardo de mi infancia comienzan a partir de los 9 años. Ahora lo entiendo, por ese entonces naciste, pero será nuestro secreto, si se lo cuento a alguien creerían que deliro. Esa es una de las razones por las que te quiero, ante ti puedo mostrarme como soy, desnuda en cuerpo y alma. A ti puedo hablarte de las visiones que anidan en mi cabeza o tararearte hasta la saciedad las canciones que amo, o llorar en tu hombro porque el viejito ciego de la esquina se va a morir pronto y yo estaré un poco más sola. Contigo puedo bailar un vals en la desembocadura del río o subirme de noche a la garita alta del puente giratorio para ver mi ciudad llena de luces y neblina. Contigo he aprendido a ser más libre.
He tratado de explicarle a mi madre que eres bueno, que amas a los perros y a los locos y me ha dicho que cuándo voy a poner los pies sobre la tierra, que ya tengo 30 años. Y yo pienso en que no quiero poner los pies sobre ninguna tierra, que es preferible tenerlos en las nubes y no en el duro suelo donde viven los que no sueñan, los que han perdido la fe. De niña creía en ese amor que dura toda la vida, al lado del cual envejecemos, por eso me daban terror los finales. Contigo sucede algo extraño: no me da miedo el final, pues sé que si vivimos con intensidad nuestro tiempo te harás eterno en mí, en mis ojos que tienen cada vez más el brillo de los tuyos.
Mi madre no comprende y me mira extrañada cuando alega sus razones, yo solo respondo con mi silencio, la mirada distante y un brillo ajeno en los ojos que debe recordarle la paz de los ángeles, mientras pienso que nadie arrebatará de mi vida estos destellos de eternidad que me regalas cada vez que regresas. Y yo preparo cuidadosamente nuestro ritual de las madrugadas. Nadie me quitará la alegría, mucho menos ahora que, como nunca antes florecen los romerillos en ni patio.

Para: Joel.

2 Responses

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