Cuando todo acabó

Querido:

Te escribo esta carta bajo los efectos del amor perdido. Un penetrante sentimiento de dolor y de soledad perfora mi corazón. Un hálito de tristeza infinita ha tomado mi alma. En este momento me pregunto con insistencia qué ha llevado a un final tan desgraciado de nuestro amor. Sé las respuestas: mi mal proceder, fruto, no de la maldad, eso te lo aseguro, sino de la debilidad de mi ser, a menudo tan confundido.

Lo has sido todo para mí, aunque no he sabido ser consecuente con ese sentimiento; pues no he sabido dártelo todo. No he podido hacerte feliz. Te pido perdón por las lágrimas, por el pesar y por el sufrimiento que te han afligido por mi culpa. Perdón, el mío, que es sincero y puro. Perdón, te pido. Te suplico. Te imploro. La vida he de negarla. Por el amor. Éste lo invalida todo.

La vida, esa fuerza desconcertante y misteriosa, que se abre paso en nuestro mundo, y que busca, por encima de todo, existir y perpetuarse, queda frustrada por el amor. Porque este sentimiento genera la ilusión de haber obtenido la plenitud de la vida, pero al desaparecer destruye toda ilusión, toda fuerza y toda consistencia de ese deseo supremo de existir que contiene en su interior la vida. Eso es el desengaño amoroso, así lo llaman.

Una vida que consiente tal sinsabor no merece la pena ser vivida. La vida genera la vana ilusión de que el amor la llevará a su máxima realización, y nada más lejos de la realidad: el amor corrompe la vida, porque al llegar el desamor, uno abre los ojos y se da cuenta de la inconsistencia de todo. ¿Volver a vernos? Me pregunto con amargura: ¿Para qué? Volver a verte representaría un sufrimiento mayúsculo; prefiero tu recuerdo. Verte significaría desearte y no tenerte. Desear de una forma absoluta, suprema. Te deseo. Con todas mis fuerzas, con todo mi ser.

Quisiera aprehender todo tu ser, beber del dulce elixir de tu ser, y no dejar nada para nadie. Verte, y no tenerte, vendrá a acrecentar mi amargura. Esta amargura que me tiene reo. Pero sé que un día nos veremos, hablaremos como amigos, y sufriré. ¿Hablar? Me pregunto, no sin cierta ironía: ¿para qué? Las palabras ya no significan nada. Ya nada son. No podrán transmitir lo que mi alma sueña, desea, ama, que eres tú. Hablar de cosas superficiales, o profundas, tanto me da, sin poder decir lo que siento, me parece absurdo.

No me atrevo a decirlas, porque nuestra relación terminó. ¿Qué sentido tendrá decir que te amo?, si ese sentimiento está ahora condenado a la nada, ¿a no poder realizarse? Absurdo resulta, incluso, escribir sobre esto. Pero sé que un día nos veremos, hablaremos como amigos, y las palabras se me harán harto desagradables, como si un estropajo de esparto se me atragantara.

¿Amistad? ¿Qué significa eso ya? Es, tal vez, el consuelo al amor perdido. Como perdí el amor, queda la amistad. Pero la amistad le recordará, de forma insultante, a mi corazón, que yo deseo algo más que amistad. ¿Para qué generar más estúpida e hiriente frustración? Pero sé que una extraña amistad nos unirá y sufriré hasta casi enloquecer.

El pasado ha sido dulce, aunque no ha sido más que un espejismo. Vana ilusión de que la vida puede ser hermosa gracias al amor. Pero, ahora, al despertar de este sueño, ya sé que todo es falso. Fue hermoso creerlo a tu lado. Fue bello al abrir mi alma a la tuya. Fue maravilloso al besar tus labios y tomar tu cuerpo. Al soñar contigo y despertar aliviado del duro penar de cada día junto a ti. Inocencia hermosa, que no fue nada más que un analgésico del sufrimiento del vivir.

Acabado todo eso, ¿qué queda? La realidad y los recuerdos. La realidad que me hace ver, y comprender, que la vida no merece ser vivida. Que aspira a la felicidad, como máxima expresión de su plena realización, pero que el amor, aquello que parece que podría hacerlo posible, no es más que un engaño, una ironía, sutil y cruel, que la vida misma nos depara. Los recuerdos me hacen sentir que el analgésico se acabó. Me hace comprender el sinsentido de la vida misma, que acabo de exponer.

Y cada día que pasa, estos recuerdos, ponen más en evidencia el tamaño engaño del amor y lo dura que es mi soledad. Soledad lacerante y destructiva, que me colma de amargura. Porque ya no te tengo ni me tendrás. Tu ser ha sido eso: ilusión dulce que me ha hecho creer que la vida es bella. Tu amor, también. Pero al fin y al cabo, todo ha sido nada, y la nada ha sido el todo. Todo amor, engaño. Y todo engaño, amor. Ilusiones vanas, que se presentaban como eternas, de felicidad a tu lado.

¡Todo amargura!, al comprender la ¡inconsistencia de la vida misma! Lo único que no niego es la intensidad de lo que siento por ti, y por eso mismo niego la vida. Porque ésta no permite vivirlo. ¿Adiós? Tal vez, sea lo que ahora deba decir. Pero ese adiós nuestro ya fue dicho hace algún tiempo. Adiós a la ficción, eso es lo que le digo a la vida, porque he descubierto, ahora que no gozo de tu amor, esta vida. Una vida que es amarga y que únicamente merece mi desprecio y mi adiós.

Siempre contigo, en mi deseo,

De: Soren.

2 Responses

  1. Bitacoras.com Says:

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  2. JCAGUIRREP Says:

    Es increíble cómo la inspiración de una persona puede llegar a plasmar tales palabras… Una carta que demuestra lo difícil que ha de ser la vida cuando uno llega a perder a la persona que no supo valorar en su momento. Nada más queda que soportar la soledad…

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